lunes, 25 de abril de 2011

El Vampiro

EL VAMPIRO

         El odio que emanaba de aquella fuente silenciosa me hacía recordar Manderville. Desde el entresuelo de metales, la luz se apagaba detrás del espejo.
         
Llevaba el pelo suelto, el camisón transparente, y arrastraba las sandalias. Estaba cansada, y yacida en la cama, no lograba conciliar el sueño.  

Entrada la noche, en aquel lugar, la luz de la luna brillaba en el cráneo de la criatura, bajo la alfombra dorada del rencor. A medida que la noche transcurría, el sol se acercaba por el Atlántico, pero todo continuaba oscuro y silencioso.

Alguien llamó a la puerta, mas ella no esperaba a nadie. En lo profundo del insomnio, caminó como si fuera un fantasma, casi sin voluntad propia, y los golpes de nudillos en la puerta eran cada vez más insistentes.

Sin preguntar, en silencio, dejándose llevar por sus pies, y por los músculos y huesos que la hacían caminar, abrió la puerta, que ya no era puerta, sino aire. Y aquella extraña criatura, que Stoker habría llamado Drácula, y que de hecho lo hizo, se abalanzó sediento sobre su víctima.

Ambos se enzarzaron en una lucha fratricida; ella clavaba sus uñas  en la espalda del engendro, y él, que ya la tenía en sus brazos, le mordía la yugular con sus afilados colmillos. 

La noche seguía siendo inhóspita; y ella estaba muriendo, gota a gota su sangre se agotaba, el vampiro estaba haciéndola suya.

Con un grito vacilante ella respiró por última vez, y el aire de sus pulmones salió entrecortado por sus labios, recién pintados de carmín y sueños, de sueños y noche, de noche y luna, de luna y muerte.


                                                                  RAMÓN AGUIRRE
De mi libro Sueños de Ultratumba

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