domingo, 26 de junio de 2011

El Extremo Opuesto Del Lado Oscuro (El E.O.D.L.O.)



EL EXTREMO OPUESTO DEL LADO OSCURO (EL E.O.D.L.O)



A menudo me pregunto cómo diablos podemos pasar tan rápido de la alegría a la tristeza, de la risa al llanto, del amor al desamor; sin embargo, EODLO siempre está serio, nunca ríe; a veces creo que tiene la cara de yeso y no puede mover la boca, como si de una estatua se tratara.


EODLO no tiene amigos, familiares, ni conocidos; vive solo. Se levanta a la hora de la siesta y se acuesta al amanecer, cuando se aburre, cuando ya no hay nadie en la calle, ni basureros, ni fulanas; cuando borrachos e indigentes dormitan; cuando casi todo el mundo pernocta.


EODLO está lleno de misterios, dudas, vacilaciones, perplejidades, mentiras, odios recónditos, paisajes grisáceos, temores, duelos… EODLO no es un hombre normal; ni es un hombre, ni es normal.


Este engendro se alimenta de almas y sentimientos ajenos; mira fijamente a los ojos de sus víctimas, con un haz de luz rojiza; la persona queda paralizada y en ese momento, la coge por la cintura y la echa hacia atrás. Se inclina hacia él o ella y le extrae su alma, sus pensamientos, sentimientos… toda su vida; que pasa velozmente del humano a la criatura.


La persona atacada por el EODLO no muere, pero a partir de ese momento, vaga por la tierra sin alma y se convierte en otro EODLO, así es que, si tu vecino, tu padre, tu madre, tu hermano, tu hermana, tu abuelo, tu tío, o quien sea te mira a los ojos fijamente, desvía la mirada si quieres conservar tu alma, porque ya sólo quedamos tú y yo...


R. AGUIRRE

De Mitos de Insomnia.

sábado, 25 de junio de 2011

El soldado James



EL SOLDADO JAMES

        
         El combatiente norteamericano agarrando férreamente su fusil de asalto, con los dientes apretados y el corazón en cadencia temerosa; propulsando su sangre a presión en sístoles y diástoles vertiginosas; aguardaba apostado en la pared la orden del teniente para internarse en la casa derruida, donde se ocultaban los rebeldes iraquíes que acababan de volar un carro blindado del bando aliado. En él, había muerto hacía segundos su amigo Pitt, no quedaba otra que defenderse. Las balas silbaban de un lado a otro. La resistencia se hacía fuerte tras las bajas estadounidenses. Faltaban cinco segundos que el teniente marcaba con su mano izquierda: cinco, cuatro, tres, dos, uno. Entraron James y Hunter, el fuego cruzado ahora era intensísimo. Ambos con los sentidos aguzados, los músculos tensos y las armas descargando metralla a diestro y siniestro. Hunter se desplomó alcanzado por el fuego enemigo. James se inclinó hacia su compañero cuyo pecho borboteaba sangre. No mueras -le decía-, y un hilo de sangre brotó de la boca del marine cuya mirada se perdía ya en el vacío.

         En la entrada el teniente Oaks pedía refuerzos y ordenaba con su mano firme adelante para que James siguiese avanzando. Por su derecha apareció un iraquí, le disparó y cayó -en milésimas de segundo el soldado  pensó que una vez que se mata, que cae el primer enemigo, ya se mata por instinto y la culpa es relativamente menor-. Por su frente apareció otro rebelde y disparó con rabia mientras gritaba al tiempo que vaciaba el cargador completamente. Otro muerto. Siguió avanzando y entró en un patio grisáceo y polvoriento. Le dispararon desde una ventana pero rodó por el suelo evitando los impactos. Se incorporó en cuclillas con una rodilla en tierra y disparó al rebelde que cayó desde el segundo piso, desperdigando un color más intenso sobre aquel suelo plomizo.

         Había una puerta a la izquierda y de una enrabietada patada la tiró abajo. Militares iraquíes torturaban a soldados de la coalición y a civiles. El soldado James les ordenó que tirasen las armas. De repente, un rebelde iraquí apareció por detrás y con un machete, afilado por el mismísimo demonio (!), le rebanó el cuello. El marine en décimas de segundo antes de morir sintió que se lo merecía…
                                              
                                            Todas las guerras son injustas.



_RAMÓN AGUIRRE_


lunes, 20 de junio de 2011

Los susurros del viento



LOS SUSURROS DEL VIENTO


Escribir versos sin medida
subyugados a las ausencias
y a la soledad  más fría,
en los acólitos bulevares
de las calles de la Nada.

Vuelvo la vista atrás
para cerciorarme
de que lo que veo no es real,
y le pregunto a una sonrisa
si enaltece las conciencias…

Me alimento de versos
sin querer caer
en la cadencia compulsiva
de palabras telúricas
o sueños perpetuos
que vendrán a dilapidarnos.

Te llamo entre la niebla,
grito tu nombre sin aliento
y lucho contra los fantasmas
que se ocultan
tras el vaho de los cristales.

Sé que me buscas
en todos los rincones,
pero la última palabra
no es tuya ni mía,
es de otros
que todavía no conocemos
y que anulan nuestras victorias…

Observo en un letrero
tu nombre escrito en él
y le pregunto al viento
si mi dirección es la correcta.

No responde con palabras
sino que me empuja con susurros
de brisa dolorida,
dolorida tras acariciar
todas las esquinas y recovecos…

Y acudo a tu regazo
como todas las noches
de luna llena;

aunque nos ahoguen
las sombras
entre susurros
y diatribas de la Nada Insidiosa...
         
             Por fin te encuentro,
                     haciendo volar mis poemas  
                                   y acariciando las cortinas
                                                 con tu leve bruma.

           Poema de Ramón Aguirre Finalista
                  del XIV Certamen de Poesía        
            "Ciudad del Vino" de Valdepeñas

miércoles, 15 de junio de 2011

Sin Salida



                                                        Dedicado a todas las madres que luchan sin tregua por sus hijos.



         Tiemblas entre la bruma mortecina de la noche congelada. Tiritas con estrépito con tu vestidito de faena, para que tus críos, en la sombra del terremoto, puedan comer algo y vestir decentemente. Lo das todo por ellos y por sus sonrisas mientras sufres abandonada a tu suerte, con tu vestidito de faena, sin encontrar otra opción…

                                                                        Sin salida.




_RAMÓN AGUIRRE_

Relato de mi libro Sueños de Ultratumba. En librerías.

lunes, 13 de junio de 2011

Perdidos en el paraíso


PERDIDOS EN EL PARAÍSO


                                                    

Es sólo un día en el paraíso
por ti y por mí.
 

Es la cara oculta de la soledad
que se hace traslúcida
y sangra a borbotones,
naciendo en las entrañas
de un día cualquiera
en un Edén lejano…


Es la noche,
que con un hálito perpetuo
se vuelve fría
a través de los cristales.


Es sólo un día,
el último...


                                Perdidos en el paraíso.




  _RAMÓN AGUIRRE_


De mi libro Lágrimas de Fuego. En librerías.

sábado, 4 de junio de 2011

New York, 11 Septiembre 2001



New York, 11 Septiembre 2001
  

Sonó el despertador una vez más, como un grito en la mañana. Aún no había salido el sol, pero su presencia se haría notar. Salté de la cama y fui al aseo. Me duché, me afeité, me lavé los dientes, en fin, la rutina matinal. Luego miré el calendario, era 11 de septiembre, un día más -pensé. 

Ya de nuevo en mi estancia de aquel estudio de Manhattan en el que todo estaba a la vista, no había paredes separando distintos cuartos; el único cuarto que tenía puerta era el mencionado aseo. Por lo demás, estaba la cama; cuadros míos en las paredes; la escultura que me regaló mi última novia; el ajedrez delante del cual me sentaba algunas tardes frente a mi mejor amigo -todavía las piezas estaban reposando inmóviles en el tablero, esperando que la partida fuera concluida-; un sofá blanco de piel con manchas negras frente al televisor; y una mesa en la que descansaba mi ordenador portátil; estanterías con libros; una torre de CD´s junto al equipo de música; la cocina de color plata… era mi pequeño loft, con el que siempre había soñado.

Me puse mi traje de ejecutivo que tan bien sentaba entre el rebaño financiero del World Trade Center. Bajé al parking de mi edificio desde el ascensor que se comunicaba con mi piso, ya abajo abrí de lejos mi Porsche con aquel ruidito tan chulo -al menos a mí me lo parecía-, y me dirigí hacia las Torres Gemelas.

Al llegar di los buenos días a Fabriccio, el conserje italiano al que siempre saludaba aunque casi nunca pasaba de un hola y adiós, enfilé hacia los ascensores y subí a la planta donde se encontraba mi despacho. Mi secretaria me puso al día: reunión de junta directiva; una lista interminable de llamadas que tenía que realizar; muchos informes que leer; formularios por rellenar… genial, un día completito, sólo faltaba que se cayera el edificio incluso lo llegué a desear por unos momentos.

De repente una explosión impresionante cimbreó toda la torre. ¡Algo había impactado contra el rascacielos! Por desgracia mi deseo se había cumplido en décimas de segundo. La gente empezó a gritar, todos se agolpaban para tratar de llegar al ascensor, unos pisaban a los otros; se trataba literalmente de aplastar a los demás y llegar a lo más alto, aunque tuvieran que llevarse por delante al que hiciera falta. En esta ocasión, se trataba de una circunstancia totalmente literal, aunque aquello ocurría a diario si utilizamos la metáfora… no salía en la televisión ni en ninguna otra parte, era el deseo colectivo acallado y lacerante. Odiaba aquel trabajo.

El fuego ya se intuía y el humo se extendía por todo el edificio. Presentía que mi muerte era inminente, aproveché la excusa de que de todas formas iba a morir. Nadie creería que me había suicidado, pensarían que prefería chocarme con el suelo de la posterior Zona 0, que morir abrasado. De todas formas, aunque no quisiera, iba a morir…

Sin pensarlo más, salté al vacío desde la ventana de mi despacho.


                  Sí, yo era el que caía al vacío, el que viste por televisión…


R. AGUIRRE