sábado, 25 de junio de 2011

El soldado James



EL SOLDADO JAMES

        
         El combatiente norteamericano agarrando férreamente su fusil de asalto, con los dientes apretados y el corazón en cadencia temerosa; propulsando su sangre a presión en sístoles y diástoles vertiginosas; aguardaba apostado en la pared la orden del teniente para internarse en la casa derruida, donde se ocultaban los rebeldes iraquíes que acababan de volar un carro blindado del bando aliado. En él, había muerto hacía segundos su amigo Pitt, no quedaba otra que defenderse. Las balas silbaban de un lado a otro. La resistencia se hacía fuerte tras las bajas estadounidenses. Faltaban cinco segundos que el teniente marcaba con su mano izquierda: cinco, cuatro, tres, dos, uno. Entraron James y Hunter, el fuego cruzado ahora era intensísimo. Ambos con los sentidos aguzados, los músculos tensos y las armas descargando metralla a diestro y siniestro. Hunter se desplomó alcanzado por el fuego enemigo. James se inclinó hacia su compañero cuyo pecho borboteaba sangre. No mueras -le decía-, y un hilo de sangre brotó de la boca del marine cuya mirada se perdía ya en el vacío.

         En la entrada el teniente Oaks pedía refuerzos y ordenaba con su mano firme adelante para que James siguiese avanzando. Por su derecha apareció un iraquí, le disparó y cayó -en milésimas de segundo el soldado  pensó que una vez que se mata, que cae el primer enemigo, ya se mata por instinto y la culpa es relativamente menor-. Por su frente apareció otro rebelde y disparó con rabia mientras gritaba al tiempo que vaciaba el cargador completamente. Otro muerto. Siguió avanzando y entró en un patio grisáceo y polvoriento. Le dispararon desde una ventana pero rodó por el suelo evitando los impactos. Se incorporó en cuclillas con una rodilla en tierra y disparó al rebelde que cayó desde el segundo piso, desperdigando un color más intenso sobre aquel suelo plomizo.

         Había una puerta a la izquierda y de una enrabietada patada la tiró abajo. Militares iraquíes torturaban a soldados de la coalición y a civiles. El soldado James les ordenó que tirasen las armas. De repente, un rebelde iraquí apareció por detrás y con un machete, afilado por el mismísimo demonio (!), le rebanó el cuello. El marine en décimas de segundo antes de morir sintió que se lo merecía…
                                              
                                            Todas las guerras son injustas.



_RAMÓN AGUIRRE_


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