sábado, 4 de junio de 2011

New York, 11 Septiembre 2001



New York, 11 Septiembre 2001
  

Sonó el despertador una vez más, como un grito en la mañana. Aún no había salido el sol, pero su presencia se haría notar. Salté de la cama y fui al aseo. Me duché, me afeité, me lavé los dientes, en fin, la rutina matinal. Luego miré el calendario, era 11 de septiembre, un día más -pensé. 

Ya de nuevo en mi estancia de aquel estudio de Manhattan en el que todo estaba a la vista, no había paredes separando distintos cuartos; el único cuarto que tenía puerta era el mencionado aseo. Por lo demás, estaba la cama; cuadros míos en las paredes; la escultura que me regaló mi última novia; el ajedrez delante del cual me sentaba algunas tardes frente a mi mejor amigo -todavía las piezas estaban reposando inmóviles en el tablero, esperando que la partida fuera concluida-; un sofá blanco de piel con manchas negras frente al televisor; y una mesa en la que descansaba mi ordenador portátil; estanterías con libros; una torre de CD´s junto al equipo de música; la cocina de color plata… era mi pequeño loft, con el que siempre había soñado.

Me puse mi traje de ejecutivo que tan bien sentaba entre el rebaño financiero del World Trade Center. Bajé al parking de mi edificio desde el ascensor que se comunicaba con mi piso, ya abajo abrí de lejos mi Porsche con aquel ruidito tan chulo -al menos a mí me lo parecía-, y me dirigí hacia las Torres Gemelas.

Al llegar di los buenos días a Fabriccio, el conserje italiano al que siempre saludaba aunque casi nunca pasaba de un hola y adiós, enfilé hacia los ascensores y subí a la planta donde se encontraba mi despacho. Mi secretaria me puso al día: reunión de junta directiva; una lista interminable de llamadas que tenía que realizar; muchos informes que leer; formularios por rellenar… genial, un día completito, sólo faltaba que se cayera el edificio incluso lo llegué a desear por unos momentos.

De repente una explosión impresionante cimbreó toda la torre. ¡Algo había impactado contra el rascacielos! Por desgracia mi deseo se había cumplido en décimas de segundo. La gente empezó a gritar, todos se agolpaban para tratar de llegar al ascensor, unos pisaban a los otros; se trataba literalmente de aplastar a los demás y llegar a lo más alto, aunque tuvieran que llevarse por delante al que hiciera falta. En esta ocasión, se trataba de una circunstancia totalmente literal, aunque aquello ocurría a diario si utilizamos la metáfora… no salía en la televisión ni en ninguna otra parte, era el deseo colectivo acallado y lacerante. Odiaba aquel trabajo.

El fuego ya se intuía y el humo se extendía por todo el edificio. Presentía que mi muerte era inminente, aproveché la excusa de que de todas formas iba a morir. Nadie creería que me había suicidado, pensarían que prefería chocarme con el suelo de la posterior Zona 0, que morir abrasado. De todas formas, aunque no quisiera, iba a morir…

Sin pensarlo más, salté al vacío desde la ventana de mi despacho.


                  Sí, yo era el que caía al vacío, el que viste por televisión…


R. AGUIRRE

2 comentarios:

  1. Increíble, se me han puesto los pelos de punta...la vida rutinaria y a veces soporífera de muchas personas llegaron a su fin un día como, podría haber sido, otro cualquiera...

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  2. Muchas gracias por tu comentario Camelia. Me alegro mucho de que te haya gustado y te haya llegado. Para un escritor es una de las cosas más interesantes que se le pueden decir de sus textos, que lleguen y no pasen inadvertidos. Muchas veces es difícil de conseguir y algunos escritores o textos no lo consiguen. Por eso, gracias de nuevo y hacer que me reafirme en mi literatura. Un beso.

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