viernes, 8 de julio de 2011

Puerta por puerta



PUERTA POR PUERTA
        

           El trabajo parecía sencillo: llamar a todas las casas y pisos de las manzanas que nos asignaban. El primer día empezamos a conocer el producto a ofertar. Se trataba de que el cliente obtuviera descuentos en sus llamadas subscribiéndose mediante un contrato con nuestra compañía.

          Estaba deseando ser yo el que ofertara el producto, pues era la única manera de sacar un poco de pasta. Poca, pero suficiente para fundirla en los vicios del fin de semana.

         Después de una semana aprendiendo las técnicas de marketing de la compañía -que yo consideraba que eran meras normas de sentido común y del trato coherente con el cliente-, llegó el momento de tomar la iniciativa, llamar puerta por puerta.

         No era un trabajo arduo o aburrido, lo único es que dependíamos de las comisiones, sin sueldo fijo a fin de mes. Además la empresa estaba por debajo de la calidad de otras compañías del sector.

         Después de varios: “No tenemos interés por lo que ofreces, tengo la comida en el fuego, venga otro día...” y frases similares e incluso bastante peores que se pueden presuponer…

         Llegué a una puerta en los bajos de un antiguo edificio del casco viejo y gris de la ciudad. Una señora de avanzada edad me abrió, mostrando una tímida sonrisa. El hedor que desprendía el vacío de la casa, me tiró hacia atrás; pero se acababa la jornada y no había conseguido ningún miserable contrato.

         -¿Qué quiere usted? -pronunció con un apagado hilo de voz.
         -Pues venía... -me costaba incluso hablar y respirar por los desagradables efluvios que en forma de arcada vomitaba la casa¾.
         -¿Quiere pasar? -susurró.
         -No gracias, simplemente venía a ofrecerle un contrato con nuestra compañía. ¿Tiene usted teléfono fijo en casa?
         -Errr, sí... errr...
         -¿Y quién es el titular?
         -Mi marido.
         -¿Y está en casa?
         -Sí... errr
         -¿Podría hablar con él? -el aliento fétido que provenía del interior me producía náuseas-. Por fin respondió.
         -Lo siento, mi marido murió hace una semana -su mirada entonces se tornó desafiante-.
         -Lo siento mucho, gracias por su amabilidad-. Salí presto a la calle y respiré profundamente. Decidí que mi jornada había concluido.

                                         Suficiente para mi primer día...
                                                             puerta por puerta.



_RAMÓN AGUIRRE_



2 comentarios:

  1. ¿Estaría muerto el marido de la señora, en la casa?
    saludos....

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  2. Hace unos meses me ocurrió algo parecido, lo mío era una "cita a ciegas",podríamos decir,de la que me arrepentí en el momento que llegué al edificio, pensé en salir corriendo cuando subía en el ascensor, quisé que me tragara la tierra cuando estaba delante de la puerta, y maldije la hora en que se me ocurrió quedar con un desconocido por internet mientras me abrían, pero aún así el interés que tenía en conseguir mi objetivo pesaba mucho más en mis pies que un bloque de cemento y no me dejaba moverme. Yo quería los comics antiguos que esa persona a la que sólo conocía a través de mails me aseguró que me vendería, era un regalo para alguién muy especial y nada me haría desistir de conseguirlo, a pesar de que en el mismo momento que vi el portal de la entrada me recorrió un escalofrío por el cuerpo que fue aumentando con el olor a humedad, antiguedad y abandono que desprendía esa casa en general, y sobre todo con la sensación de tristeza que reinaba en todo el edificio.
    La persona que me recibió era como una representación humana de ese edificio, arrastraba con los pies todo el peso de la casa, con su mirada y sus pocas palabras comprendí que había hecho suya la oscuridad que le rodeaba y estaba impregnado de la tristeza que habitaba a su alrededor. Pagué y salí casi literalmente corriendo, necesitaba respirar el aire de la calle, que aún siendo una calle céntrica y llena de coches de Madrid, me parecía que era como una bocanada de oxígeno comparado con lo que se podía respirar allí dentro. En el camino al coche y de vuelta a casa no podía dejar de repertirme; ya te vale, eh, ya te vale, lo has bordado, te pasas la vida advirtiendo a tus hijos adolescentes de los peligros que tiene quedar con desconocidos por internet, y tú vas toda lista y lo haces, pedazo de ejemplo si se enteran, si señora, con un par...

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