domingo, 28 de agosto de 2011

La verdadera historia de Godot



LA VERDADERA HISTORIA DE GODOT


Aquel extraño individuo, que en las tardes de verano acudía al hipódromo para rentabilizar su intuición no hablaba con nadie, pues a nadie conocía; no obstante, cuando alguien le miraba, él se hacía el interesante y sonreía, cómo si fuera famoso y todo el mundo lo conociera.

El otro día alguien me habló de él, pobre hombre, tan solo en este mundo, sin padres, hermanos ni familiar alguno y criado en aquel horrible orfanato en las afueras de la ciudad, al que a veces íbamos cuando éramos aún unos críos. Nos reíamos de los pobres huérfanos, que bastante tenían con aquel encierro involuntario y sin un hombro cercano donde llorar y desahogarse en los tiempos peores, que además era la mayor parte del tiempo.
           
Ahora, hecho un hombre, se ganaba la vida apostando a los caballos y la verdad es que podría haberse convertido en un millonario, pues siempre que invertía en un caballo lo rentabilizaba. Siempre ganaba, siempre; pero cuando estimaba que podía pasar una semana medianamente desahogada, se retiraba

Aquel, ciertamente, era un tipo pintoresco y nadie conocía su secreto.

Esa misma noche, antes de quedarme dormido, me puse a pensar en
el tipo del hipódromo. Debíamos tener la misma edad, aunque no habíamos corrido la misma suerte. Yo tuve una familia que me quería y que me apoyaba en los momentos difíciles; él en cambio no había conocido a sus padres. Su madre lo había dejado en la puerta del orfanato abandonado a su suerte.
           
Las monjas clarisas lo habían “criado”; bueno, le habían dado de comer y un techo bajo el que dormir. Sus buenas palizas..., ya se sabe, la letra con sangre entra y más en aquellos tiempos, más cuando él decidió dejar de hablar.

Por suerte para él, el orfanato era una especie de granja en la que los alumnos más rudos y torpes en el aprendizaje se dedicaban a tareas del campo. Disponían de un hermoso y fructífero huerto y algunos animales, tal vez demasiados para los tiempos que corrían, sin duda.

El caso es que “Godo”, Godofredo para los enemigos, como así se llamaba el extravagante apostante, que para más señas firmaba como Godot ¾igual que el personaje de Samuel Beckett*¾, tenía un don especial con los animales, de la misma forma que algunos maestros lo tienen con sus alumnos.

De todos modos, a falta de comunicarse con las personas, lo hacía con los animales de la granja. Esto me llevó a pensar que probablemente el “huérfano mudo” hablaba con los caballos... De repente, y sin recordar el instante exacto, mi mente cansada, se hundió en un profundo sueño...

Al día siguiente, por suerte, recordaba mis últimos pensamientos difuminados en la memoria y enlazados con sueños. Lo importante es que los recordaba.

Godot tenía la clave para ganar en el hipódromo, conocía los pensamientos de los caballos, e incluso quizás podía mantener “conversaciones” con ellos.

Ahora encajaba todo, Godot antes de las carreras se paseaba por las cuadras y lo que a los ojos de los demás parecía la simple admiración por los caballos, era, sin embargo, una comunicación e intercambio de impresiones con sus “especiales amigos”. Los equinos antes de la carrera ya sabían quién iba a ganar (!) y por tanto Godot también.

Posteriormente se dirigía a la ventanilla y pronunciaba las únicas palabras del día, las justas para subsistir.
          
El hecho de que no se hiciese millonario era bastante obvio; el amor que por sus ecuestres amigos tenía no le permitía abusar de ellos, puesto que, en el interior de su raciocinio, el obtener grandes sumas de dinero de esta manera era una forma de explotar a sus “amigos”. Temía que éstos se enfadaran con él y le dejasen de hablar, con lo cual, perdería tanto las ganancias para ir tirando, y lo que era aun peor, podía perder su gran pasión, comunicarse con los animales y que éstos, sintiéndose utilizados, dejaran de hablarle.

                                                                 
RAMÓN AGUIRRE
PRIMER PREMIO DE NARRATIVA
ARGAMASILLA DE CALATRAVA 2005

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