viernes, 30 de septiembre de 2011

Bulevares



BULEVARES


Desbordado por la inquietud
serena de la noche
busco la mejor manera
de poder rozar el cielo.


Cuando la irracionalidad
inunda mi ser
y la serenidad de tus palabras,
resuenan como un eco lejano…


                                                                       Cuando te acercas sonriente
                                                                       hacia mí en los bulevares,
                                                                       la sombra recurrente
                                                                       de un pasado aciago
                                                                       me recorre las entrañas.


Ante tales directrices,
me diluyo en la oscuridad,
anhelando encontrarme con tus labios,
con tus labios de carmín y fuego,
y con tus curvas más secretas…


               pero alguien me dijo
  que no existías: ¡Maldito!
           
           
                                                                       Aún te busco.


_RAMÓN AGUIRRE_


martes, 27 de septiembre de 2011

MITOS DE INSOMNIA



MI NUEVO LIBRO
MITOS DE INSOMNIA

A LA VENTA A PARTIR DEL 4 DE OCTUBRE 

 EN SU LIBRERÍA HABITUAL

sábado, 24 de septiembre de 2011

Tarde con cello y sin tertulia



TARDE CON CELLO Y SIN TERTULIA



Ana no pudo asistir aquella tarde a la tertulia. Andaba buscando su cello por cielo y tierra. Suerte que a Puertollano aún no había llegado el mar, quizás en sus sueños o poemas sí, pero eso es otra historia. Tampoco había llegado de Madrid ese AVE que se hacía esperar, y que, según el jefe de estación traía el valioso cello de Ana. La estuvimos esperando en la tertulia sabatina de La Plvma Negra. Nos extrañaba que no hubiese llegado aún, pues solía ser siempre puntual. Pero la verdadera causa era el cello, su cello, olvidado extrañamente en la sala de conciertos, donde hacía excelente uso de él.

Impaciente aguardaba en el andén, el guardia jurado le había permitido estar allí. Por fin llegó la lanzadera y de uno de sus vagones debía descender Joham, compañero de la Orquesta Nacional. Joham amaba en silencio a Ana. En silencio, excepto cuando sus cellos se fundían en una hermosa melodía de cuerdas bien tensadas y se estremecía la madera de los instrumentos y el corazón de Joham. Él sabía que ella esperaba en la estación con más interés por el cello que por él mismo. Lástima que el sentimiento que habitaba en el pecho de Joham no fuera recíproco.

Mientras, en la tertulia se daba por hecho que Ana ya no vendría; aunque en un breve comentario había estado presente allí.
Joham bajó del tren y al ver a Ana el corazón le dio un vuelco. Ella corrió rauda hacia el muchacho ruso.

-¡Gracias Joham! No sabes cuánto te lo agradezco, nunca olvidaré... -el chico por un momento se sintió halagado-, nunca olvidaré el cello en la sala de audiciones. Gracias de nuevo, Joham.

Las mejillas del ruso se acaloraron, era muy tímido.

-¿Nos vemos el fin de semana que viene? –preguntó cohibido.

-Claro Joham, hasta entonces y muchas gracias –respondió Ana.

-No te preocupes, para eso están los amigos –dijo finalmente Joham, con un tono un tanto melancólico.

Ana intuía que aquel chico la quería como algo más que amigos, pero el chico ruso no la atraía y acabó saliendo con el pianista, que siempre sabía qué teclas debía tocar.


R. AGUIRRE ©

lunes, 19 de septiembre de 2011

Terremoto en Insomnia



TERREMOTO EN INSOMNIA


 

 


          Ayer soñé con tus pechos,
                                   con tus pechos de luna y champagne
                             dormidos bajo el sostén que te regalé 
                        aquella noche en la que
                                     nuestros cuerpos se conocieron.

                  Ahora ya sólo ansío
                              tu regreso de Insomnia
                          y que tus curvas reposen para siempre
                                 en mis labios y en mi piel...

               Hasta el éxtasis            
                             que llegará justo antes del terremoto,
                         ese devastador terremoto
                                  que tendrá su epicentro
                                        
                                              en el centro
                                                   de nuestros corazones.

      R. AGUIRRE ©

jueves, 15 de septiembre de 2011

Vuelo con motor




VUELO CON MOTOR



    Se estaba dejando el pelo largo a lo Tom Cruise en The Last Samurai. Era un tipo sensato; a veces serio, otras más locuaz y desprendía sagacidad y aplomo en los avatares de la vida cotidiana, luchaba como el personaje de la película, aunque en diferentes frentes.



    Fue en Escocia donde la conoció, su mejor amante en aquellas tierras de inmortales, como bien rezaba la homónima película. Estaba en una taberna de Edimburgo apurando un whisky, solo y abstraído en sus pensamientos. De repente entró una joven y como si de un ángel se tratara, el bar se quedó mudo aunque sólo por un instante, ya que pronto los borrachuzos la empezaron a piropear a cual más soez y con ese inglés cerrado y rudo de aquella parte de Reino Unido. Los comentarios huelga reproducirlos. Ella los ignoró y dirigió sus pasos hacia la mesa de Alberto.



    ¿Puedo sentarme? -preguntó la preciosa pelirroja de ojos claros, piel nívea y con unas pequitas que la hacían quizá más interesante y bella.

         -Por supuesto -respondió Al sin dudar.

       -Necesito salir del país lo antes posible, me persiguen y mi vida está en peligro. Tú eres piloto, ¿no?

     --contestó Alberto sin saber adónde quería llegar la pelirroja. Pero era más que obvio que se dejaría llevar.

           

       Al era piloto de la compañía de transporte Fedex, la misma de Tom Hanks en Náufrago.



-¿Podrías llevarme a España? Me han dicho que tienes una avioneta.

-Sí bueno... pero es de la compañía...

-No importa te pagaré bien -contestó sin vacilar la misteriosa pelirroja.

-No es cuestión de dinero, el avión no es mío...

-Si me llevas a Madrid esta misma noche te pagaré 6000 euros. Contestó tajante la preciosa pelirroja.

-Sólo aceptaría el doble. Mi puesto de trabajo corre peligro si acepto -respondió Alberto con aplomo.

-Está bien -contestó ella con más autoridad todavía. Le ofreció su mano. Al se la estrechó. Era como tocar una nube.



Partieron rumbo a España a las 03:00 de la madrugada. Era una noche cerrada y plomiza y a mitad de trayecto comenzó una tormenta que zarandeaba con estrépito la aeronave.



La chica no tenía miedo, Al lo comprobó al preguntarle por qué tenía que abandonar su país con tanto apremio.

-No es mi país, soy rusa, aunque mi abuela era escocesa –su voz era firme y segura–

-Yo me llamo Alberto; pero no has contestado a mi pregunta... ni me has dicho tu nombre.

-Está bien, mi nombre es Olga. Soy agente de policía rusa, han matado a mi compañero el agente Truslak y van a por mí. En Madrid tengo un contacto que me puede informar sobre los narcos rusos a los que perseguíamos. Perdiéndoles la pista en Londres. Creemos que están en el norte de España, probablemente en Galicia... pero bueno ya te he contado demasiado.



-No te preocupes, sé guardar un secreto, puedes confiar en mí sin temor -respondió Alberto tras un silencio absoluto.



-¿Tienes dónde quedarte a pasar la noche?

-No y quizás ir a un hotel podría ser arriesgado, sería más fácil para ellos localizarme.



La aeronave tomó tierra y Olga decidió pasar la noche en casa de su reciente amigo. Ambos se transmitían buenas vibraciones.



El piso de Al sólo tenía una habitación y aunque éste se ofreció a dormir en el sofá, ella dijo con naturalidad que no le importaba, que podían dormir juntos. Y miedo no era precisamente lo que sentía Alberto.



Estaba buenísima y hacía tiempo que Al no disfrutaba tanto en la cama. Cuando despertó encontró una nota a su lado. Decía: Gracias por todo, volveré dentro de unos siete u ocho meses, no pasarán más de nueve, espérame. Esta misión será la última. Después me retiraré y así podremos conocernos más a fondo... se quedó mirándola al tiempo que veía a un ángel salir de su apartamento.



Alberto recordó su imagen, se entregaría a aquella mujer. No la conocía apenas, pero sentía algo fuerte en su interior y parecía recíproco por sus palabras. La esperaría.



De mi libro Mitos de Insomnia.
R. AGUIRRE