sábado, 24 de septiembre de 2011

Tarde con cello y sin tertulia



TARDE CON CELLO Y SIN TERTULIA



Ana no pudo asistir aquella tarde a la tertulia. Andaba buscando su cello por cielo y tierra. Suerte que a Puertollano aún no había llegado el mar, quizás en sus sueños o poemas sí, pero eso es otra historia. Tampoco había llegado de Madrid ese AVE que se hacía esperar, y que, según el jefe de estación traía el valioso cello de Ana. La estuvimos esperando en la tertulia sabatina de La Plvma Negra. Nos extrañaba que no hubiese llegado aún, pues solía ser siempre puntual. Pero la verdadera causa era el cello, su cello, olvidado extrañamente en la sala de conciertos, donde hacía excelente uso de él.

Impaciente aguardaba en el andén, el guardia jurado le había permitido estar allí. Por fin llegó la lanzadera y de uno de sus vagones debía descender Joham, compañero de la Orquesta Nacional. Joham amaba en silencio a Ana. En silencio, excepto cuando sus cellos se fundían en una hermosa melodía de cuerdas bien tensadas y se estremecía la madera de los instrumentos y el corazón de Joham. Él sabía que ella esperaba en la estación con más interés por el cello que por él mismo. Lástima que el sentimiento que habitaba en el pecho de Joham no fuera recíproco.

Mientras, en la tertulia se daba por hecho que Ana ya no vendría; aunque en un breve comentario había estado presente allí.
Joham bajó del tren y al ver a Ana el corazón le dio un vuelco. Ella corrió rauda hacia el muchacho ruso.

-¡Gracias Joham! No sabes cuánto te lo agradezco, nunca olvidaré... -el chico por un momento se sintió halagado-, nunca olvidaré el cello en la sala de audiciones. Gracias de nuevo, Joham.

Las mejillas del ruso se acaloraron, era muy tímido.

-¿Nos vemos el fin de semana que viene? –preguntó cohibido.

-Claro Joham, hasta entonces y muchas gracias –respondió Ana.

-No te preocupes, para eso están los amigos –dijo finalmente Joham, con un tono un tanto melancólico.

Ana intuía que aquel chico la quería como algo más que amigos, pero el chico ruso no la atraía y acabó saliendo con el pianista, que siempre sabía qué teclas debía tocar.


R. AGUIRRE ©

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