miércoles, 9 de noviembre de 2011

Mansión Maldita




MANSIÓN MALDITA

         
Viajábamos en el carruaje nupcial camino de nuestro nuevo hogar.  Acabábamos de casarnos en Malraé arropados por toda la familia y nuestros mejores amigos y aliados. De repente, el carruaje empezó a acelerar y los caballos resollaron como bestias endemoniadas, sin disminuir su  endiablada velocidad.

      Tras la atropellada carrera, el carruaje se detuvo frente a una descomunal mansión con torreones góticos y unas gárgolas que lucían unas muecas que parecían mofarse de nosotros.

         Llamamos a la puerta pero nadie contestaba y comprobamos que estaba abierta. Gritamos por toda la casa en busca de algún inquilino. No había nadie a no ser que estuviese escondido o fuera invisible al ojo humano.

Decidimos pernoctar allí, pese a la baja temperatura que imperaba en aquella mansión perdida. Encendí la antigua chimenea con unas ramas y troncos secos que había junto a ella, pero el frío no remitía.

Subimos a la primera planta para decidir en qué habitación pasaríamos la noche, en todas las recámaras había telarañas y polvo, además de algunos roedores que no se dejaban ver, pero que se podían intuir por su movimiento.

Los caballos aterrados frente a la casona habían huido despavoridos y con sus envites alocados, provocaron que el cochero cayera sobre la única roca del camino y se desnucara con el tremendo impacto.

Ya sólo quedábamos allí mi esposa y yo.

Al final elegimos la habitación principal, aunque continuamos aterrados por todas las circunstancias que estaban acaeciendo. Se escuchaban gritos desgarrados de vez en cuando; ruido de puertas y ventanas que se abrían y se cerraban con estrépito; también cadenas que eran arrastradas por el suelo…

No sé cómo me pude quedar dormido. Desperté de pie frente a la cama con una daga en la mano y manchada con la sangre de mi amada que yacía muerta y desangrada sobre el lecho. Entonces me clavé el estilete en el centro del corazón…

                El infierno nos engulló en aquel mismo instante.


R. AGUIRRE 
 

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