lunes, 12 de diciembre de 2011

Prólogo `En el Límite del Silencio´


PRÓLOGO



Escribir un prólogo no es otra cosa que levantar el telón de un libro  para que los lectores puedan disfrutar al adentrarse en sus páginas. En este caso se trata de En el límite del silencio, segundo poemario del poeta Ramón Aguirre, después de Lágrimas de fuego.

En una primera aproximación a este libro, encontramos una doble perspectiva: por un lado hallamos imágenes dolientes de una profunda desolación que desemboca en la melancolía por todo aquello que perdemos con el paso del tiempo. Por otra parte se produce una angustia vital ante el devenir humano. Ya desde el poema inicial encontramos esta dualidad: “A veces,/ cuando el abismo indolente/ atrapa nuestra imaginación/ leemos entre líneas/ historias del pasado” . Pero en esta confluencia, algunas veces aparece el Ave Fénix, capaz de remontar el vuelo del destino, en el que el poeta se encuentra prisionero: “Esta casa mía/ sin ventanas ni puertas/ no me deja escapar/ del olvido de tu nombre”

Es la muerte una obstinada amante que se interpone en los caminos del poeta cargada de desdichas, contra las cuales no cabe otra solución que… “luchar/ con el cuchillo aferrado/ entre los dientes e intentar encontrar el camino/ que a todos nos persigue”.

Ramón Aguirre consigue esclavizar a las musas en un intento desesperado por librarse de ese abismo poético que sólo cobrará sentido cuando un dios creador, un demiurgo, acuda a liberarnos de la irrelevancia de la vida -en el sentido universal de esta palabra- que “algún día/ comenzará a tener sentido…  Asomados al infinito.”
        
Las rosas de las palabras llevan cicatrices que se resuelven en un “kaos” de sangre derramada a la esperanza en forma de batallas perdidas de antemano por ese desconocer de “los corazones estremecidos”. El dolor  contempla el interior de un poeta llamado a enarbolar esa “bandera” a partir de la cual es posible soportar, como árbol arrepentido, esos “atardeceres sin final”.
          
Desde la circunstancia de lo onírico, en un poema de una excelente estructura que se resuelve en una serie de interrogantes, resueltas desde el corazón inerme, el poeta reitera en un rotundo surrealismo todo aquello que es posible exigirle a los sueños, rozando casi la utopía, ahora con una mayor suavidad que acaba por perderse en los intrincados caminos de la duda y el posible olvido: ¿Qué pedirle al sueño…?

Las verdades que afronta Ramón Aguirre son siempre trascendentes y cada poema, cada verso, se mueve entre esas coordenadas de lo oscuro, de las preocupaciones que el hombre se ha planteado a lo largo de su historia: la muerte, la fragilidad de todo cuanto soñamos, el poder de las sombras, la noche considerada como algo opuesto al día, que es la vida; no importa que la Parca sufra una metamorfosis y se convierta en amante,  porque todo lo que en la poesía erótica tiene un sentido de arrebatada pasión, curvas, labios, piel, etcétera, ahora cobra unos tintes sombríos, y aquí puede resultar lo más novedoso de la poética de R. Aguirre, por esa tergiversación de los materiales estéticos frente a la soledad y el vacío.

Pensamos sinceramente que se trata de un libro muy intenso en el que el lector puede sumergirse para encontrar lo indescifrable del destino al otro lado del espejo, del vacío que intenta rellenar el autor con su poesía.

En cuanto a la expresión formal, Ramón nunca busca la rima ni ningún tipo de estrofa clásica, sino que se mueve libremente en periodos de ritmo, tratando de buscar un ritmo interno en el terreno de lo telúrico o de contrastes tales como la victoria del que muere en ese abismo-silencio que viene a dar sentido a todo el libro.
 
No quiero distraerte más, amigo lector, porque eres tú quien tienes que adentrarte en las aguas de este libro para valorar los efectos que te produce su lectura.


                                                                      LUIS GARCÍA PÉREZ

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