lunes, 30 de enero de 2012

Prólogo de `Sueños de Ultratumba´



PRÓLOGO  DE`SUEÑOS DE ULTRATUMBA´  

(Por Eduardo Egido)


    El título de este libro responde fielmente al contenido de sus páginas. No se trata, por tanto, de un recurso metafórico que el autor utilice para despertar el interés del hipotético lector. Muchos de los relatos breves – si relato breve expresa un texto más escueto que relato corto – que figuran a continuación pertenecen, en efecto, al mundo onírico y se trata de sueños que trascienden la muerte. Los protagonistas principales y secundarios transitan por un espacio tenebroso en un tiempo que mezcla y confunde pretérito, presente y futuro.

    Es buena gana pedir coherencia a los sueños y quizá más aún cuando los sueños van a desembocar indefectiblemente al dominio de la pesadilla. Inútil reclamar congruencia a la amenaza informe, al miedo irreal. Por lo mismo, los relatos que vamos a leer en esta primera publicación de Ramón Aguirre no siguen un hilo narrativo concreto y coherente porque son, insistimos, expresión rigurosa de los fantasmas que asaltan al cerebro humano cuando penetra en el terreno de la inconsciencia. Son, por otro lado, fogonazos deslumbradores que se agotan en un instante fugaz.

    El denominador común de estos relatos es la transición del blanco al negro, de lo aceptable a lo indeseable, de la normalidad a la deformidad. Esta secuencia la puede expresar el autor exponiendo la sucesión desde un elemento atractivo hasta la negación absoluta: “sus labios, recién pintados de carmín y sueños, de sueños y noche, de noche y luna, de luna y muerte”. O bien reflejando los estragos que causa el tiempo: “cuerpos que algún día habían sido humanos”. 


   Con frecuencia, el autor refleja que el paso de emociones positivas a emociones negativas se produce de forma instantáneo: “A menudo me pregunto cómo diablos podemos pasar tan rápido de la alegría a la tristeza, de la risa al llanto, del amor al desamor”. En esta pendiente abrupta que conduce a lo insondable, la desolación campa a sus anchas, el autor vuelve una y otra vez a la desesperanza: “Allí siempre era de noche”. O cuando dice: “Hubo un tiempo en que los hombres amaban a las mujeres”. El mundo es un lugar inhóspito donde se sobrevive a duras penas porque faltan las fuerzas para acomodarse a un “mundo de ideales perdidos, de sombras eternas” en el que el ser humano debería hacer dejación de sus facultades más propias.

    Los textos evocan una y otra vez imágenes contundentes, sin ilación narrativa marcada, a semejanza de destellos intermitentes que con toda probabilidad tienen como objetivo perturbar al lector, arrancarlo de su cómoda posición de ecuánime espectador que contempla la escena a distancia e introducirlo en la vorágine de planos superpuestos que cambian velozmente. Los protagonistas de estas escenas son seres innominados que acechan por doquier para sacar de sus casillas a los humanos; cobran singularidad los EODLOS (Extremo Opuesto Del Lado Oscuro) que constituyen una amenaza de la que nadie puede considerarse a salvo porque tienen la osadía de encarnarse en quien menos se sospecha, en la persona más próxima a nosotros, en la más querida. 


   Los Eodlos y otros seres similares provocan imágenes de vértigo: “Los engendros atemporales viajaban en el tiempo a la velocidad de la luz”. Con estos atributos ¿quién puede sentirse a salvo? La desazón de los humanos que pululan desorientados por las historias del libro no encuentra consuelo al ser contada a cualquier interlocutor, nada se consigue con comunicar a los demás las penosas experiencias que salen al paso en un último intento de desembarazarse de ellas: “el cosmos finge que me escucha mientras yo le doy patadas al temor terrible del fracaso”.

   Las páginas que encontramos a continuación semejan paisajes de otros mundos poblados de seres que también parecen provenir de muy lejos. Los rasgos que proporcionan al ser humano sus atributos más nobles brillan por su ausencia. Son páginas hechas de luz cegadora, de tiempos distorsionados, de seres estrambóticos que cuentan como seña de identidad más propia la amenaza y la destrucción. Muy de tarde en tarde nos tropezamos con un atisbo de esperanza: “Pon mi nombre por respuesta”.

    Los relatos cambian de sintonía a partir del titulado “Puerta por puerta”. A pesar de que se mantiene un fondo desazonador, ahora encontramos narraciones “del lado de acá” podríamos decir. Adquieren coherencia narrativa, podemos seguir la peripecia de los protagonistas que se desenvuelve en un corto espacio temporal. Por lo general, expresan una situación conflictiva en la que no cabe esperar el desenlace feliz. En el último relato “El gitano poeta” parece que asistimos a una concesión final porque el protagonista logra enderezar el rumbo de su vida con gran esfuerzo; sin embargo, tampoco consigue escapar al zarpazo cruel del destino. De este modo, la pesadilla se consuma sin solución de continuidad.

    Así pues, es necesario abrir de par en par las puertas de la imaginación para adentrarse en las historias que este libro nos ofrece. Y junto a ello, rescatar nuestra más firme presencia de ánimo para no sucumbir ante el torbellino de imágenes perturbadoras que se nos vienen encima como un turbión en paraje montaraz desconocido.


                                               EDUARDO EGIDO SÁNCHEZ

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