miércoles, 15 de febrero de 2012

Prólogo de `Lágrimas de Fuego´

LÁGRIMAS DE FUEGO O
LA DESTRUCCIÓN DE LA REALIDAD



Se ha dicho muchas veces que los libros, y en especial los de poesía, no necesitan de prólogo que les sirva de presentación, porque lo hacen ellos por sí solos, y los hipotéticos lectores suelen pasar de puntillas por estas introducciones para irse directamente a lo que realmente importa: el contenido del libro.

Hace poco más de un año, Ramón Aguirre publicaba su primer libro de relatos, que sin llegar a ser hiperbreves –género tan de moda en los concursos literarios que tanto se prodigan en Internet– eran destellos de un mundo delirante que atrapa al lector en un universo destructivo, en una vorágine insaciable donde imperaban las fuerzas del mal. En el poemario Lágrimas de Fuego que ahora termino de leer, el torrente onírico y las fuerzas telúricas se han atemperado bastante, aunque el autor siga inmerso en el plano de la irrealidad, en una especie de confrontación donde el único freno que exista tal vez sean los sentimientos del poeta que intenta evadirse de un mundo convulso en continua mutación inexplicable, sin conseguirlo casi nunca.

El libro se compone de seis bloques o apartados, que si bien son independientes en su temática, guardan una estrecha relación entre sí, sobre todo por el tono teñido casi siempre de una energía misteriosa bajo una envoltura poética arrebatadora que nunca deja indiferente al lector.


Las figuras retóricas de mayor uso son las gradaciones y sobre todo la antítesis: “…dolor en un corazón que miente,/ que lucha, que no late, que muere”. Pero el paisaje poético se humaniza contraponiendo fuerzas completamente opuestas ya desde el primer poema en el que a la injusticia y crueldad de la guerra se opone el dolor de la ausencia de la amada, creando así una atmósfera doliente de gran belleza plástica.

El plano de la realidad se enmarca en unas coordenadas extrañas alejadas de toda sensiblería y expresado mediante conceptos antitéticos de efectos bien logrados: “Atrás queda mi pasado/ convulso, idílico e inmortal;/ acabado eternamente”.

La muerte –no podría ser de otra manera– se reviste del mismo color de la tinta negra, y aunque pudiera parecer una idea poco original, no se trata de la muerte que todos conocemos desde esta orilla, sino que se disfraza de melancolía, del futuro entrevisto, de la soledad de una pasión perdida con la consecuente caída al vacío o ese silencio que en los escaparates de la vida puede resultar avasallador.

El amor está presente en buena parte del poemario, pero no es un amor dulzón y placentero, sino que está a medio camino entre la destrucción de V. Aleixandre y la herida becqueriana: “Ahora ya sólo ansío/ tu regreso de Insomnia”/ y que tus curvas reposen para siempre/ en mis manos y en mi piel…/ hasta el éxtasis/ que llegará justo antes del terremoto,/ ese devastador terremoto/ que tendrá su epicentro…/ en el centro de nuestros corazones”.


El mismo tono elegíaco se respira en otros poemas como “Noches sin luna” o “Perdidos en el paraíso”, jugando siempre con las antítesis o con el tópico de la faena noctámbula del maletilla que irrumpe bajo la luz de la luna en el recinto inviolable del toro.

El tema del tiempo que aparecía ya en Sueños de Ultratumba, reaparece ahora en un poema que comienza con una acumulación caótica de términos como noche, humo, tedio, niebla, silencio, lágrimas de fuego, muy apropiado para expresar que el hombre ha creado el tiempo como una convención, para terminar siendo su propia víctima.

Los últimos poemas toman un dinamismo más activo, un ritmo más musical, pero también más hiriente en la efusión sentimental, un tanto afín a los denominados poetas malditos.
No quiero distraerte más, amable lector, porque los poemas de Ramón Aguirre están ya reclamando ser leídos.


                                                  Luis García Pérez.

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