sábado, 28 de septiembre de 2013

Vacío Lleno



VACÍO LLENO



Y vaciarse la botella
con el estrépito del suelo.

Y llenarse el corazón
con el frío del invierno.


Y vaciarse el beso
en un susurro de deseo.

Y llenarse el cielo
de sueños y quimeras.


Y vaciarse la luna
en su ciclo incompleto.

Y llenarse el alma
con la inmensidad del tedio.


Y vaciarse el lacrimal
con las dudas del dolor.

Y llenarse el infinito
con la poesía entregada.


Y vaciarse la despensa
con los alimentos dentro.

Y llenarse la mente
de versos disparados…
                  
                   al centro del intelecto.


RAMÓN AGUIRRE ©

jueves, 12 de septiembre de 2013

La esencia de lo eterno



LA ESENCIA DE LO ETERNO




En el arduo y procaz
intento de atravesar
el insoslayable camino
hacia la intemperie y el delirio,
descubrimos
la estrecha inverosimilitud
y el degradante vacío
que desde el pasado
pierde valor,
mientras que en su futuro
ahorra crédito…


Atravesando los mares
que brotan desde
sus órbitas de naufragio,
de tormenta,
de tempestad,
de misteriosa calma
con un eco soterrado
que invita al ostracismo…

Ese eco que rompe el vacío,
cuando lo efímero del alma
se aferra a la voluntad ineludible
de resolver  tu enigma
siempre perpetuado por la Nada.

Sin miedo,
sin prisa,
pero con la ilusión latente
de un corazón
que arde a borbotones
bajo la tentación de lo prohibido.

Cuando las risas y las rimas
están del lado de las musas
y los poetas logramos atrapar,
sólo algunas veces…

La esencia de lo eterno.



RAMÓN AGUIRRE
2º PREMO PROVINCIAL DE POESÍA
ALMODÓVAR DEL CAMPO 2013

jueves, 5 de septiembre de 2013

La niña del globo rojo



LA NIÑA DEL GLOBO ROJO
                           


Anita tenía sólo cuatro años pero era una niña muy despierta y asombraba con sus ocurrencias a muchos de sus “mayores”. Era muy fantasiosa y su cuento preferido era “La niña del globo rojo”, de un autor que ahora no recuerdo, donde una niña de su edad subía por primera vez a un globo aerostático de la mano de su abuelo y juntos viajaban sobre el “País de las flores” sobrevolando los verdes y coloridos campos a bordo de un precioso y enorme globo rojo. El cuento terminaba con esa escena, porque la trama se basaba en los diferentes problemas que el abuelo de la niña tenía que ir solventando para poder hacer volar tan precioso artilugio. Problemas como cual debía ser el tamaño de la tela que zurcían la abuela y la madre de la niña del cuento, el número de sacos de arena que había que colgar de la cesta para poder subir y luego para bajar perdiendo lastre. Lo que más le divertía a Anita era cuando, en los innumerables intentos fallidos el globo del abuelo caía sobre los prados, pero sin consecuencias dolorosas, eso sí con cierta comicidad que sacaba la sonrisa de la pequeña. Una escena del cuento que le divertía mucho era cuando una cigüeña que volaba a la altura del aerostato pinchaba con el pico el globo del “abu” -como la niña llamaba a su intrépido abuelo- y de nuevo el “aparato” se precipitaba sobre el florido prado de aquel cuento. Todo ello ocurría en una época en la que el hombre aún no había conseguido mantenerse en el aire, bajo mitos como los de Ícaro y Dédalo.

Anita se lo pasaba genial cuando le leían ese cuento, le gustaban mucho los cuentos, pero ese era su preferido y no se cansaba de aquella historia del globo rojo...
Un soleado sábado de septiembre, el abuelo materno de Anita se pasó por casa de su hija con la intención de llevar a su nieta a la Feria que tenía lugar en Puertollano por aquellas fechas, con motivo de la festividad de la patrona de la ciudad, la Virgen de Gracia.

Iba cogida de la mano de su abuelo por el paseo “de arriba” camino de la feria. Anita estaba muy ilusionada por subirse a las atracciones y pasarlo muy bien con su abuelo en la feria. Pero no sabía lo que se iba a encontrar al final del Recinto Ferial, junto al Estadio “Sánchez Menor”.
–¿Abu queda mucho? –le preguntó Anita a su abuelo.
–No Anita, ya queda muy poco, si miras al fondo del todo se ve la noria, ¿la ves? –le preguntó su abuelo. A lo que la niña contestó con un gesto afirmativo. Y tras caminar un poco más ya divisaban el Arco Ferial –mira Anita, ya estamos llegando, ahí está la Feria esperándonos –añadió el abuelo.
–¡Bien! ¡Bien! –dijo la niña saltando y dando palmadas- ¡la feria! ¡la feria!

Al principio atravesaron los puestos de artesanía y no se detuvieron en ninguno y llegaron frente al famoso “Tren de la Bruja”, comúnmente conocido como el “trenecillo de la muerte”. Se acercaron a la taquilla y el abuelo sacó dos entradas. Se subieron y Anita se pegó mucho a su abuelo porque decía que le daban miedo aquellos hombres con careta y con una escoba en la mano, que le querían pegar. Pero su abuelo la tranquilizó y le explicó que todo era de broma y para pasarlo bien, como sucedía en los cuentos que ella leía y la pequeña Ana se quedó más tranquila, aunque en el túnel gritaba como los demás niños y como algún que otro “mayor”.

Después se subió a los ponis y a una noria pequeña, donde el dueño de la atracción hacía reír a los niños y les regalaba una piruleta cuando se bajaban. Había mucha gente en la feria de Puertollano aquel día y todos se lo estaba pasando genial, algunos comían pinchos morunos o montados de chorizo o morcilla y bebían cervezas y coca-colas; entre otras viandas.

Así llegaron a la atracción de “La Pesca” donde por pescar un pato con un número en la panza te regalaban algo, normalmente un llavero. Pasaron también por delante del “PIM PAM PUM” donde unos chicos tiraban bolas a unos muñecos muy pesados, y al lado, otros intentaban colar un balón enorme en una canasta minúscula; ahí estaba el truco…

Y cuando estaban llegando al final de la feria, iban a darse la vuelta, pero Anita se detuvo en seco al ver, en los aledaños del Estadio “Sánchez Menor” un enorme globo rojo. La niña se quedó paralizada con la boca abierta y su abuelo la miró y después le preguntó si quería verlo de cerca.

Anita no sabía qué decir, era como el globo del cuento, un precioso globo rojo.
–¿Puedo subir abu? –preguntó la niña con asombro.
–Vamos a acercarnos y hablamos con el responsable a ver si es posible –le respondió su abuelo con ternura.
–¡Vale! ¡Bien! ¡Bien! –exclamaba Anita al tiempo que saltaba y daba palmas.

Se acercaron al responsable, pero éste les espetó con desagrado que no, que era un globo de competición y que estaban en una prueba puntuable de Globos Aerostáticos y que iban a partir en un minuto, en cuanto se calentasen de nuevo las velas.

Anita y su abuelo se entristecieron al escuchar aquellas palabras sin ninguna delicadeza… Pero sin esperarlo, empezó a descender otro bonito globo colorado, de aspecto más clásico e idéntico al del cuento. Aterrizó al lado de Anita y su abuelo. De él se bajó un viejo con barba gris, que más bien parecía un motero y le pegaba más pilotar una Harley-Davidson que un aerostato. Amarró el aparato y vio a Anita detenida y  sollozando de la mano de su abuelo.
–¡Hola pequeña! ¿Qué te ocurre que estás tan tristona?
–Que no me dejan montar en el globo rojo –acertó a pronunciar la niña entre sollozos.
–¿Y el mío no te gusta? Anita levantó la vista y vio el hermoso globo rojo que era idéntico al de su cuento, miró a su abuelo y le preguntó: ¿en ese sí podemos subir?

Antes de que su abuelo contestara, el dueño del globo les dijo que él no estaba compitiendo, sino que grababa en vídeo la prueba para un documental de la región y que si querían podían ver Puertollano desde el aire durante un rato antes de que se fueran a rodar otras demarcaciones del recorrido.

Anita y su abuelo subieron con él a la cesta y en unos segundos el globo empezó a separarse del suelo, comenzando a tomar altura. Lo primero que vieron fue el campo de fútbol, donde el Club Deportivo Puertollano jugaba un partido de liga. Ya veían la noria en todo su esplendor y la Feria era preciosa desde el cielo, se divisaba todo su conjunto desde una perspectiva privilegiada. El viento les impulsó hacia el centro de la ciudad, vieron la Iglesia de la Asunción a lo lejos, el Monumento al Minero y el AVE, que pasaba también por la ladera del cerro “Santa Ana”. El Paseo de San Gregorio se veía todo verde y frondoso, los paseantes como hormigas y los coches diminutos, también se veía la “Fuente Agria” y el resto de la ciudad, incluido el complejo industrial. Era una vista espectacular a bordo de aquel hermoso globo rojo.

Volvieron muy contentos a la feria y los aerostatos de la competición ya se habían marchado. El amable piloto de barba hizo bajar al aerostato dejando que la vela se enfriara un poco y se aposentaron muy lentamente en el lugar del que partieron.

La pequeña bajó radiante y feliz. El abuelo estaba muy agradecido y cuando estrechó la mano de aquel peculiar piloto y le dijo “que Dios le bendiga” éste le guiñó un ojo complaciente… Se despidieron con amabilidad y la aeronave comenzó a alejarse lentamente, perdiéndose en el cielo…

Había sido una experiencia inolvidable y por fin Anita había conseguido que su sueño se convirtiera en realidad: volar en un globo rojo como el de su cuento preferido…

R. AGUIRRE ©