lunes, 19 de enero de 2015

El Pueblo de Nilyaé - Capítulo 4




4

Unos minutos después, que se me hicieron eternos, bajó por las escaleras un tipo que aparentaba tener casi setenta años, era bajito y delgaducho, con orejas de soplillo y nariz puntiaguda; pero el rasgo físico que más me llamaba la atención era su pelo. Estaba medio calvo y el poco pelo que le quedaba lo tenía engominado y aplastado hacia un lado, además de muy poco aseado. Llevaba puesta una camisa de flores marrones y unos pantalones grises con algún que otro lamparón. Aquel tipo era totalmente repugnante.

-¡Buenos días! -dijo el individuo en cuestión, con un timbre de voz bastante agudo.
-¡Buenos días! -contesté con templanza.
-Tú debes de ser el nuevo inquilino, el que anoche nos despertó a todos, ¿No? ¿Cuánto tiempo piensas estar aquí? ¿Cuánto?
-Me voy hoy mismo.
-Es una pena, una pena, este pueblo depara muchas sorpresas a sus visitantes, muchas.
-Sí, es una lástima, pero me tengo que marchar. ¿Me podría decir dónde está la señora propietaria de la pensión?
-Supongo que no tardará mucho en bajar, no, no tardará mucho, de todas formas yo soy su marido, si le puedo ayudar en algo no tiene más que decirlo, decirlo; y sonrió, dejando ver la falta de algún que otro diente.

Una sonrisa afloró en mi rostro, me parecía un matrimonio demasiado variopinto y ridículo; ella tan inmensa y él tan enclenque… Entonces me di cuenta de que el ceño de aquel sujeto se había fruncido y de cómo se habían encendido sus ojos, que parecía que iban a salir de sus órbitas.

-¿De qué te ríes? ¿Eh? ¿De qué? ¾preguntó de aquella forma repetitiva que evidenciaba la forma de expresarse del individuo en cuestión; no obstante el tono de su voz había cambiado completamente de cariz.
-De un chiste que he recordado de repente -contesté disimulando.
-¡Cuéntamelo! ¡Cuenta! ¡Cuenta! -inquirió.
-Es muy malo -respondí.
-¡Cuéntamelo! ¿Eh? ¡Cuenta! ¡Cuenta! -pronunció esta vez más alto.
-Le aseguro que no merece la pena, es malísimo.
-¿No te estarás riendo de mí? ¿No? ¿No?
--Por supuesto que no! -afirmé seriamente recuperando de nuevo  la compostura.

Ya se estaba poniendo bastante pesado, cuando por fin bajó por las escaleras la dueña de la pensión, me alegré de verla, cosa que la noche pasada no podía ni imaginar. Realmente, lo que me alegraba era que me sacara de aquel entuerto con su marido.

La mole humana en forma de mujer iba vestida de la misma forma que la noche anterior, aquella parecía su equipación oficial.

-¿Qué coño pasa aquí?
Parecía que sólo sabía bramar.

-Nada, respondió el marido, nada -con un tono ahora mucho más sumiso.
-¡Cómo que nada! ¡Estúpido! –y le propinó un tremendo pescozón sobre su cabezota, que le volcó sobre la frente el poco pelo que le quedaba.

El hombrecillo, por llamarlo de alguna manera, salió corriendo despavorido escaleras arriba perdiendo en su atropellada carrera un zapato, pero no se detuvo ni a recogerlo. Mi ánimo estaba tan bajo que no me quedaban ganas ni de sonreír.



R. AGUIRRE ©

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